Bloody Mary es el espíritu que aparecería en el espejo cuando alguien repite su nombre a oscuras, normalmente tres veces, a la luz de una vela. El ritual nace probablemente de antiguas adivinaciones de Halloween en las que las jóvenes buscaban en el espejo el rostro de su futuro esposo. Los folcloristas lo han interpretado como un rito de paso de la infancia, y un psicólogo italiano demostró que mirarse fijamente en la penumbra hace aparecer de verdad rostros extraños.
En 2010, en la Universidad de Urbino, en Italia, el psicólogo Giovanni Caputo sentó a cincuenta voluntarios frente a un espejo, en una habitación iluminada apenas por una bombilla de 25 vatios. Solo tenían que mirarse a los ojos durante diez minutos.
En menos de un minuto, muchos empezaron a ver cómo su cara se deformaba. Algunos vieron el rostro de uno de sus padres, otros el de un desconocido, un anciano, un animal, un monstruo. Dos tercios describieron deformaciones enormes de su propia cara, y casi la mitad vio aparecer criaturas fantásticas o monstruosas.
Caputo no buscaba fantasmas. Pero, sin quererlo, había recreado en un laboratorio el juego más famoso de las pijamadas: encerrarse en el baño, apagar la luz y llamar a Bloody Mary frente al espejo.
El ritual: oscuridad, un espejo y un nombre
Las instrucciones se repiten en todas partes. Se entra en el baño, se apaga la luz, se enciende una vela y uno se pone frente al espejo. Luego se pronuncia su nombre. Tres veces, dice la versión más conocida, aunque hay quien dice cinco, siete o trece, quien añade una vuelta sobre sí mismo o abre el grifo.
También cambian las palabras. A veces basta con «Bloody Mary». Otras, la fórmula es «Bloody Mary, creo en ti», o una frase más cruel: «Bloody Mary, maté a tu bebé». En algunas escuelas de Estados Unidos tiene otros nombres: Mary Worth, Mary Whales, Mary Jane. Y en España y en otros países de habla hispana se cuenta un ritual muy parecido con un nombre propio: Verónica.
Lo que ocurre después depende de quién lo cuente. Ella aparece en el cristal, detrás de quien la llama, como una mujer ensangrentada, una bruja o un cadáver. Puede limitarse a mirarte. Puede gritar, arañarte las mejillas o los ojos, volverte loca. En las versiones más terribles saca las manos del espejo y arrastra dentro a quien la invocó, y nadie vuelve a saber de ella.
Casi siempre el juego termina mucho antes: alguien grita, alguien enciende la luz y todas salen corriendo al pasillo entre risas. Y eso, dicen los estudiosos, es justamente lo importante.
Antes de Bloody Mary había un novio
Mucho antes de las velas en los baños, el espejo servía para otra cosa: ver el futuro. En las islas británicas, al menos desde el siglo XVIII, la noche de Halloween era la noche de las adivinaciones amorosas. Las chicas intentaban descubrir con quién se casarían usando nueces, manzanas, ovillos de lana. Y espejos.
El poeta escocés Robert Burns describió uno de estos rituales en 1786, en las notas a su poema Halloween: se toma una vela, se va a solas frente al espejo y se come una manzana mientras uno se peina. En algún momento, por encima del hombro, aparecerá el rostro del futuro esposo.

Una variante más teatral pedía subir una escalera de espaldas, a oscuras, con una vela en una mano y un espejito en la otra. Arriba, en el reflejo, debía aparecer el novio. Pero el ritual tenía un reverso: si en el espejo aparecía una calavera, o el rostro de la Muerte, la joven moriría antes de casarse.
A comienzos del siglo XX la costumbre llegó incluso a las postales de felicitación. En una dibujada en 1904 por la ilustradora estadounidense Ellen Clapsaddle, una chica en camisón levanta la vela y en el espejo, en lugar de su cara, aparece la de un joven.

Bastaba muy poco para que el juego romántico se volviera un juego de miedo. En lugar del novio, en el cristal apareció ella.
¿Quién era Mary?
Nadie lo sabe, y quizá nunca existió. Cada escuela tiene su historia. Mary era una bruja quemada hace cien años en el pueblo de al lado. Era una novia asesinada el día de su boda. Era una chica desfigurada en un accidente de coche que ahora odia a cualquiera que se mire al espejo. A veces es una madre a la que mataron a sus hijos, y entonces se parece mucho a la Llorona.
El nombre, eso sí, tiene un precedente ilustre. «Bloody Mary», María la Sanguinaria, era el apodo que los protestantes ingleses dieron a la reina María I Tudor. Durante su reinado, entre 1553 y 1558, cientos de personas acusadas de herejía murieron en la hoguera. Hay quien ha señalado otro detalle: la reina anunció embarazos que nunca terminaron en un hijo, algo que recuerda la fórmula del «bebé muerto». Es una idea sugerente, pero la mayoría de los folcloristas cree que la reina prestó a la leyenda solo el apodo, no la historia.

Y Mary no está sola. En Suecia los niños llaman frente al espejo a la Svarta Madam, la Dama Negra. En Gran Bretaña existen desde hace tiempo los «fantasmas de los baños» escolares. Y en Japón, en el último baño de las escuelas primarias, espera Hanako-san, la niña que responde cuando se llama tres veces a la puerta.
Qué dicen los estudiosos
La primera en tomarse en serio este juego fue la folclorista estadounidense Janet Langlois, que en 1978 recopiló decenas de versiones del ritual de «Mary Whales» entre chicas de Indiana. Veinte años después, en 1998, Alan Dundes, de la Universidad de Berkeley, propuso una lectura que todavía da que hablar.
Según Dundes, no es casualidad que quienes juegan sean casi siempre niñas de entre ocho y doce años, que el ritual ocurra en un baño y que en el centro esté la sangre. Para él, Bloody Mary sería una forma inconsciente de enfrentar, en grupo y al amparo del juego, el miedo y la curiosidad ante la pubertad y la primera menstruación. Un rito de paso disfrazado de historia de fantasmas.
No todos están de acuerdo, y su interpretación freudiana tiene muchos críticos. Pero casi todos coinciden en algo: lo emocionante es el desafío. Quien aguanta más tiempo frente al espejo es la más valiente. Y el miedo se vive en un lugar seguro, a pocos pasos de la cama, con las amigas al otro lado de la puerta.
La ciencia de los rostros en el espejo
Y aquí volvemos a Urbino. Caputo llamó al fenómeno «ilusión del rostro extraño en el espejo». Las condiciones ideales son justo las del ritual: luz muy débil, a ser posible detrás de uno, y la mirada fija en los propios ojos a poca distancia del cristal.
Parte de la explicación es el efecto Troxler. Cuando miramos fijamente una imagen que no cambia, las neuronas de la vista dejan poco a poco de registrarla: los rasgos se desvanecen y vuelven a aparecer en cuanto parpadeamos. En la penumbra, con pocos colores y muchas sombras, el cerebro intenta rellenar los huecos. Y un cerebro hecho para reconocer caras acaba viéndolas por todas partes.
El resultado inquieta incluso a quien sabe lo que está pasando. Muchos voluntarios de Caputo contaron que esos rostros les provocaron emociones fuertes, a veces miedo. Ahora imagina sentirlo a los diez años, a oscuras, justo después de que una amiga te contara la historia de la bruja quemada viva.
Esto no lo explica todo. No explica a quienes juran haber encontrado arañazos en las mejillas a la mañana siguiente, ni los espejos que se agrietan. Pero sí explica por qué, a veces, en el espejo aparece algo de verdad.
El espejo como puerta
La idea de que el espejo es un umbral hacia el otro mundo es mucho más antigua que Bloody Mary. En muchas casas, hasta el siglo pasado, cuando alguien moría se cubrían los espejos con un paño negro y se dejaban así hasta que el cuerpo salía de la casa. Se creía que el alma del difunto, al verse reflejada, podía quedar atrapada en el cristal. Costumbres parecidas siguen vivas hoy, por ejemplo en el duelo judío.
Hay quien cubre los espejos también de noche, para que el alma de quien duerme no se pierda en los sueños, y quien nunca pone un espejo frente a la cama. Son hábitos que sobreviven sin que nadie recuerde bien por qué. Quizá, de todas las leyendas sobre espejos, Bloody Mary sea simplemente la que tuvo más suerte.
Cómo salir con vida
La leyenda no tiene manual, y cada grupo de amigas inventa sus reglas. Las más sensatas vienen de las tradiciones que hemos visto. Si el espejo es una puerta, se cierra cubriéndolo, como se hacía en las casas de luto. Si ella aparece detrás de ti, en el reflejo, mejor no darse la vuelta, porque ahí es donde vive: dentro del cristal. Y mientras la vela siga encendida, al menos se ve dónde están sus manos.
Si de verdad quieres probar, te bastan un baño a oscuras, una vela y unos minutos de valor. Si no pasa nada, habrás aprendido algo sobre tu cerebro. Si pasa algo, acuérdate de cubrir el espejo antes de salir.
Si te gustan las historias de fantasmas, lee también la de el fantasma de Isabella de Medici.
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- Medical News Today, el experimento de Caputo
- Scientific American, Locking Eyes with a Monster
- Alan Dundes, «Bloody Mary in the Mirror: A Ritual Reflection of Pre-Pubescent Anxiety», Western Folklore, 1998
- Snopes, Bloody Mary
- Folklore Thursday, Faces in the Mirror
- Wikipedia, Bloody Mary (folklore)
Imagen destacada: noche de Halloween, grabado de J. M. Wright y Edward Scriven para el poema de Robert Burns (hacia 1841), Wikimedia Commons, dominio público.





